El fin del mundo

En los tres años que llevábamos solos en aquellos inmensos y sombríos bosques de Maine, había bajado once veces a la ciudad. Solo en una ocasión bajamos los cuatro. La desolación, la muerte, las posibles enfermedades a causa de la terrible putrefacción de todo ser vivo y, sobre todo, el peligro de poder ser atacados por los animales que ahora andaban a sus anchas por cualquier rincón, había convencido a Megan y a los niños de no volver a deambular fuera del límite de seguridad que habíamos creado alrededor de nuestra bien equipada casa. Casa que, por cierto, tuvimos la suerte de encontrar deshabitada a los pocos días de saber que nos encontrábamos atrapados en aquellos parajes. Debió pertenecer a gente con mucho dinero puesto que no le faltaba de nada, incluso tenía hasta piscina cubierta, además de un sistema de seguridad con ocho cámaras que controlaban cada centímetro alrededor de la casa. Las vallas electrificadas, las trampas para animales y las alarmas con sonidos casi estridentes habían sido cosa mía. Mis años como especialista en electrónica me estaban sirviendo para que mi familia viviera más tranquila, una tranquilidad que se vio truncada por el sonido de una de las alarmas en los límites de la valla. Cogí mi M319 que alguna vez arranqué de las manos muertas de algún militar caído en las calles de la ciudad y me dispuse a averiguar cuál era el motivo por el que saltó aquella alarma.

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