El fin del mundo

Viene del viernes 19/02/21

Reuní a todos en el salón de la casa, debíamos ponernos de acuerdo en las palabras a usar delante de aquella inesperada visita. Al igual que podrían necesitar de nuestra ayuda, también era verdad que quizás no viniesen con buenas intenciones e intentaran hacernos daño para robarnos todo lo que habíamos creado en todos aquellos meses. Subimos todas las persianas de la casa y nos acercamos a la gran cristalera del salón, curiosos e impacientes por saber de nuestros visitantes. Pedí a Megan y los niños que no salieran de la casa, mientras yo, con el arma al hombro, salí y me alejé unos metros de la entrada, quería ser el primero en conocer los propósitos de nuestros visitantes.
El todoterreno cargaba en su techo varias garrafas que, a simple vista, parecían vacías. Descolgué mi arma del hombro y me puse en estado de alerta. El hombre que habíamos visto a través de las cámaras salió del vehículo con lentitud. Era un hombre de unos cuarenta años, pelo descuidado y barba de varios días, tapaba sus ojos tras unas gafas de sol. Un pequeño apósito tapaba lo que parecía una pequeña herida por encima de su ceja derecha. Se quedó inmóvil, mirando hacia el arma que yo había vuelto a colgar de mi hombro. Me percaté de que dentro del coche había, por lo menos, otras dos personas.
-¡Buenos días! -dijo -Necesitamos ayuda, mi mujer está herida y mi hija lleva dos días con fiebre ¿podrían ayudarnos? No nos quedan medicamentos, ni tampoco agua.
Escuché unos pasos detrás de mi. Era Megan.
-¡Por supuesto! Vamos, Ben, ayudémoslos -proclamó mi mujer casi como una exigencia. Después de unos segundos paralizado, conseguí echarme el arma a la espalda y acompañé a Megan, la cual ya estaba abriendo una de las puertas traseras del todoterreno.
Al ver a las dos mujeres, nos quedamos parados, la mujer de aquel desconocido tenía una de sus manos apretando una fea herida en su estómago. Su joven hija se encontraba casi inconsciente y empapada en sudor. Conseguimos, entre los tres, meter a las dos mujeres en casa. La dispusimos en la habitación que llamábamos de servicio, a pesar de no haber nadie de servicio en nuestra casa. Megan se hizo con el botiquín en cuanto dejamos a ambas mujeres, yo fuí a por agua limpia y unas toallas. Aquel hombre no se apartó de ellas en ningún momento. Los niños, asustados, se quedaron sentados en el salón.

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