Un cuento breve de Ernest Hemingway

siglocero


1899-1961

COLINAS COMO ELEFANTES BLANCOS.

Del otro lado del valle del Ebro, las colinas eran largas y blancas. De este lado no había sombra ni árboles y la estación se alzaba al rayo del sol, entre dos líneas de rieles. Junto a la pared de la estación caía la sombra tibia del edificio y una cortina de cuentas de bambú colgaba en el vano de la puerta del bar, para que no entraran las moscas.

El norteamericano y la muchacha que iba con él tomaron asiento en una mesa a la sombra, fuera del edificio.
Hacía mucho calor y el expreso de Barcelona llegaría en cuarenta minutos. Se detenía dos minutos en este entronque y luego seguía hacia Madrid.
-¿Qué tomamos? -preguntó la muchacha. Se había quitado el sombrero y lo había puesto sobre la mesa.
-Hace calor -dijo el hombre. -Tomemos cerveza. -Dos cervezas -dijo el hombre hacia la…

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El fin del mundo

Viene del 8/03/21

Ya eran dos días los que llevaban nuestros nuevos amigos con nosotros. Había cosas que Trevor aún no conocía de nuestras costumbres de vida, bueno, más bien yo no había querido informarle sobre algunas cuestiones. No sabía nada de lo que guardábamos en la parte inferior de la casa, y mejor que siguiera siendo así.

Eran las cuatro de la tarde. Los chicos andaban jugando a no sé que juego y Megan intentaba enseñarle a Melissa una receta que le enseñó su abuela hacía ya algún tiempo.

-¿Quieres que demos una vuelta por el bosque, Trevor? -pregunté.

-De acuerdo, me vendrá bien un poco de este nuevo aire que tenéis por aquí -contestó este.

Salimos de la casa ataviados con el ropaje que demandaba el hecho de adentrarse en el espeso bosque. Nos echamos al hombro un rifle cada uno y nos propusimos volver con algo de carne para la cena. Al salir detrás de Trevor, no pude contener el impulso de mirar de nuevo el tatuaje que mi nuevo amigo lucía en su cuello. ¿De qué me sonaba aquel tatuaje? ¿Dónde lo había visto antes?

Una hora después de salir de casa seguíamos con las manos vacías. Trevor necesitaba vaciar su vejiga y paramos a la sombra de unos frondosos árboles para que aliviara sus ganas de mear. A los pocos segundos de que Trevor desapareciera de mi vista, escuché un pequeño pitido, casi inaudible, que me hizo pararme en seco y afinar el oído al máximo. Creí que aquel pequeño ruido venía del árbol donde Trevor estaba meando. Me acerqué con sigilo y vi a mi compañero de caza con una de sus manos en el bolsillo derecho de su pantalón, con la mirada puesta en una pequeña luz que salía de este.

-¡Trevor! -lo llamé- ¿Qué haces? -quise saber. Él, algo nervioso, me contestó que nada, que intentaba pillar alguna emisora en una pequeña radio que, por cierto, no me enseñó.

Mi nuevo amigo cada vez me tenía más mosqueado.

Continuará…

El fin del mundo

Viene del martes 2/03/21

Después de comer ayudé a Trevor a bajar las mochilas del todoterreno. Me fijé en que llevaba dos fusiles de asalto en la parte trasera del vehículo.
-¿Dónde has conseguido esas armas? -pregunté.
-Las encontramos junto a los cadáveres de dos soldados, cerca de Akron -contestó Trevor con naturalidad mientras se cargaba con dos mochilas sus espaldas.
Le dije que tendría que dejarlas en el vehículo, que las únicas armas que entrarían en casa serían las mías. No se lo tomó a mal.
-¿Tenéis pensado seguir con vuestro viaje? Digo cuando esté tu familia recuperada -me atreví a preguntarle.
Trevor paró por un momento y me miró.
-Perdona, Ben, aún no os hemos pedido permiso para quedarnos unos días en vuestra casa. Creo que sería lo más razonable, hasta que Melissa esté recuperada del todo -contestó Trevor con el gesto en la cara de alguien que nunca hubiese roto un plato.
-Sí, claro. Estáis en vuestra casa -respondí sin convicción alguna.-Por cierto, antes de comer te quedaste con una frase a medias ¿qué querías decirme cuando Megan nos interrumpió? -pregunté colocándome delante de él. Trevor miró hacia los lados y hacia la entrada de la casa antes de contestar.
-Bueno, no sé si tendrá importancia, pero creí ver como si alguien nos siguiera, rastros de polvo por caminos por los que antes habíamos pasado. Lo mismo eran remolinos de viento, pero no estoy seguro -confesó Trevor bajando la voz. Al parecer no les había dicho nada a su mujer y a su hija por no asustarlas. Ahora el asustado era yo.
Al entrar en la casa vimos como Elaine ocupaba un sitio en el sofá del salón, junto a Alex y Samantha.
-¿Dónde está vuestra madre? -pregunté a los niños.
-Está en la habitación, con la madre de Elaine -contestó Samantha sin levantar la vista de un álbum de fotos que enseñaba a su nueva amiga y a Alex.
Ayudé a Trevor a llevar todo su equipaje a la habitación. Mientras entraba en el dormitorio me fijé en el tatuaje que, parecía, intentaba disimular con un pañuelo color caqui, justo en la parte izquierda de su cuello. Hubiese jurado, en aquel instante, que había visto antes aquel tatuaje, pero ¿dónde?

Continuará…

Un cuento breve de Hjalmar Söderberg

siglocero

1869-1941

EL BESO.

Érase una vez una muchacha y un joven. Estaban sentados en una piedra, en una punta de tierra que se adentraba en el mar, y las olas golpeaban hasta tocar sus pies.

Estaban sentados, callados, cada uno en sus pensamientos, y vieron ponerse el sol. Él pensó que tenía muchas ganas de besarla. Su boca parecía hecha para eso. Había visto chicas más hermosas y, en realidad, estaba enamorado de otra, pero no creía poder besarla nunca, ya que era un ideal y una estrella, y “a las estrellas uno no puede desear poseerlas”.

Ella pensó que querría que él la besara, porque entonces tendría una oportunidad de enojarse con él y mostrarle lo mucho que lo despreciaba. Se levantaría, levantando las faldas y ajustándolas en torno a sí; lo miraría con una mirada cargada de helada burla y se iría, derecha y sin prisas innecesarias.

Pero…

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El fin del mundo

Viene del 24/02/21

Megan se quedó en la habitación con la mujer, herida en el costado derecho, y con la niña en un estado febril nada preocupante. Gracias a que nuestro botiquín estaba muy bien abastecido, la mejoría de ambas no tardaría en llegar. Yo, por mi parte, me llevé a Trevor, que así se llamaba el dueño del todoterreno que había aparcado frente a nuestra casa, a la cocina. Bebió casi un litro de agua de un solo trago. Por supuesto, empecé con el interrogatorio.

-¿Cómo habéis sobrevivido a todo esto? -fue la primera de las muchas preguntas que le tenía preparada a nuestro visitante.

-Nos cogió dentro de un búnker a las afueras de Akron, en Ohio. Tuvimos la suerte que el padre de Melissa, mi mujer, fuera un obsesivo de las guerras atómicas y cosas por el estilo-. Trevor hablaba con la voz quebrada, se notaba que llevaban tiempo pasando penurias-. Nos dirigíamos hasta Harrington. Hace tres días, mientras acampábamos en las afueras de Solon, mi mujer se hirió con la rama de un árbol. Vimos de casualidad la verja que rodea vuestro terreno y decidimos acercarnos para ver si podíamos conseguir ayuda.

-¿Habéis visto a alguien con vida? -volví a preguntar.

-No, a nadie. Pero… -Trevor paró en su relato cuando vio entrar en la cocina a Megan.

-Bien, he curado a tu mujer, no es nada grave. A tu hija, Elaine, le ha bajado un par de décimas la fiebre. Se pondrán bien -comentó mi mujer mientras se lavaba las manos, aún con sangre de Melissa en ellas.

-De acuerdo, después seguiremos con las desventuras de toda esta locura. Ahora comeremos algo.- Me dispuse a hacer algo de comida para todos. Intenté que Trevor no viera demasiado de nuestra casa, aún no lo conocía lo suficiente como para catalogarlo como mi amigo. Me dirigí a la alacena situada tras la cocina cuando oí la voz de Alex detrás de mi.

-Papá, ¿estas personas son buenas? -preguntó.

-Pues claro que son buenas, hijo. ¿Por qué preguntas eso?

-Es que, creo que no son de fiar -soltó de golpe mi hijo.

-No podemos saber eso todavía, aún no los conocemos, pero, como buenas personas que somos, debemos ofrecerle nuestra ayuda ¿lo comprendes? -Intenté tranquilizar a mi hijo, pero en el fondo sabía que tenía razón, no nos podíamos fiar de nadie.

Continuará…

El chico que caminaba como John Wayne – Arwen Grey

La libreta de Nani

        • Título: El chico que caminaba como John Wayne
        • Autor: Arwen Grey
        • Editorial: Ediciones Kiwi
        • Número de páginas: 260
        • Publicación: 28 de septiembre de 2020
        • Libro en Amazon: https://amzn.to/2ZcoWth

*Sinopsis

Hace veinte años, Deirdre y Adam tenían toda la vida por delante, y lo arriesgaron para estar juntos. Sin embargo, algo se torció en el momento justo y la magia se rompió, como la cuerda de una guitarra vieja.
Ahora, Adam quiere recuperar su vida, su carrera musical en decadencia y a la mujer a la que abandonó.
Deirdre quiere recuperarse a sí misma y olvidar un pasado que le impide avanzar.
Hay sueños que se rompen, pero hay cosas que se quedan en el alma para siempre.
El primer amor es como una vieja canción country: lenta, caliente e imborrable… Y siempre vuelve a tus labios cuando menos te lo esperas.

*Opinión personal

Lo primero que me gustó de esta…

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Un cuento breve de Juan José Arreola

siglocero


1918-2001

LA MIGALA.

La migala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye. El día en que Beatriz y yo entramos en aquella barraca inmunda de la feria callejera, me di cuenta de que la repulsiva alimaña era lo más atroz que podía depararme el destino.

Peor que el desprecio y la conmiseración brillando de pronto en una clara mirada. Unos días más tarde volví para comprar la migala, y el sorprendido saltimbanqui me dio algunos informes acerca de sus costumbres y su alimentación extraña. Entonces comprendí que tenía en las manos, de una vez por todas, la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podía soportar.

Recuerdo mi paso tembloroso, vacilante, cuando de regreso a la casa sentía el peso leve y denso de la araña, ese peso del cual podía descontar, con seguridad, el de la caja de madera en que la…

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Efemérides literarias: 26 de febrero

Las Palabras Descarriadas

Nacimientos

  • 1671: Anthony Ashley Cooper, político, filósofo y escritor inglés (f. 1713).
  • 1801: Alejandro Mon y Menéndez, político español (f. 1882).
  • 1802: Victor Hugo, escritor francés (f. 1885).
  • 1854: Porfirio Parra, médico, filósofo y escritor mexicano (f. 1912).
  • 1883: Pierre Mac Orlan, escritor francés (f. 1970).
  • 1893: Roberto José Tavella, religioso, escritor y docente argentino (f. 1963).
  • 1895: Claire Bauroff, bailarina, coreógrafa, profesora de ballet, actriz, modelo y escritora alemana (f. 1984).
  • 1903: Agustín de Foxá, escritor, periodista y diplomático español (f. 1959).
  • 1908: Leela Majumdar, escritora bengalí (f. 2007).
  • 1918: Theodore Sturgeon, escritor estadounidense (f. 1985).
  • 1920: José Mauro de Vasconcelos, novelista brasileño (f. 1984).
  • 1948: Ruy Castro, escritor, periodista, traductor y biógrafo brasileño.
  • 1958: Michel Houellebecq, escritor francés.

Fallecimientos

  • 1561: Jorge de Montemayor, escritor portugués (n. ca. 1520).
  • 1792: José Cadalso, escritor español (n. 1741).
  • 1861: Taras Shevchenko, poeta y pintor ucraniano (n. 1814).
  • 1878: Juan María Gutiérrez…

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El fin del mundo

Viene del viernes 19/02/21

Reuní a todos en el salón de la casa, debíamos ponernos de acuerdo en las palabras a usar delante de aquella inesperada visita. Al igual que podrían necesitar de nuestra ayuda, también era verdad que quizás no viniesen con buenas intenciones e intentaran hacernos daño para robarnos todo lo que habíamos creado en todos aquellos meses. Subimos todas las persianas de la casa y nos acercamos a la gran cristalera del salón, curiosos e impacientes por saber de nuestros visitantes. Pedí a Megan y los niños que no salieran de la casa, mientras yo, con el arma al hombro, salí y me alejé unos metros de la entrada, quería ser el primero en conocer los propósitos de nuestros visitantes.
El todoterreno cargaba en su techo varias garrafas que, a simple vista, parecían vacías. Descolgué mi arma del hombro y me puse en estado de alerta. El hombre que habíamos visto a través de las cámaras salió del vehículo con lentitud. Era un hombre de unos cuarenta años, pelo descuidado y barba de varios días, tapaba sus ojos tras unas gafas de sol. Un pequeño apósito tapaba lo que parecía una pequeña herida por encima de su ceja derecha. Se quedó inmóvil, mirando hacia el arma que yo había vuelto a colgar de mi hombro. Me percaté de que dentro del coche había, por lo menos, otras dos personas.
-¡Buenos días! -dijo -Necesitamos ayuda, mi mujer está herida y mi hija lleva dos días con fiebre ¿podrían ayudarnos? No nos quedan medicamentos, ni tampoco agua.
Escuché unos pasos detrás de mi. Era Megan.
-¡Por supuesto! Vamos, Ben, ayudémoslos -proclamó mi mujer casi como una exigencia. Después de unos segundos paralizado, conseguí echarme el arma a la espalda y acompañé a Megan, la cual ya estaba abriendo una de las puertas traseras del todoterreno.
Al ver a las dos mujeres, nos quedamos parados, la mujer de aquel desconocido tenía una de sus manos apretando una fea herida en su estómago. Su joven hija se encontraba casi inconsciente y empapada en sudor. Conseguimos, entre los tres, meter a las dos mujeres en casa. La dispusimos en la habitación que llamábamos de servicio, a pesar de no haber nadie de servicio en nuestra casa. Megan se hizo con el botiquín en cuanto dejamos a ambas mujeres, yo fuí a por agua limpia y unas toallas. Aquel hombre no se apartó de ellas en ningún momento. Los niños, asustados, se quedaron sentados en el salón.

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